Comprendiendo la Biografía Humana (Parte II)

En esta publicación me gustaría contarles sobre la importancia, desde la Biografía Humana, de NOMBRAR lo que sentimos.

Para organizar nuestra Biografía Humana e ir accediendo a la verdad de ella, es necesario permitirnos sentir el miedo o el dolor de infancia. Para ello vamos a ir en busca de los recuerdos dolorosos desde la mirada del niño que fuimos.  Lo que hago como terapeuta en Biografía Humana es  nombrar lo que mi consultante me cuenta pero con una etiqueta clara y concisa. Cuando nombro alguna violencia o descuido de parte de la madre de mi consultante éste podrá decir: «bueno, no fue para tanto», pero yo sé que eso lo dice de «dientes para afuera», y por eso traeré la voz del niñ@ que fue mi consultante y nombraré lo que cualquier niño humano sentiría en una situación así. Esto es básico. No voy a juzgar si fue bueno o malo para mí como terapeuta. No voy a emitir juicios. Solamente voy a poner palabras ordenadoras y siempre voy a comparar las experiencias de mi consultante con lo que cualquier mamífero humano necesita. Ésta siempre será nuestra referencia.

Y bueno, eso de «dientes para afuera» lo comento porque en general la mayoría de nosotros «cortamos» nuestro sentir para no sufrir y así perdimos la conexión natural con nuestro ser esencial con la que llegamos al mundo. Nuestra brújula interna. Si siguiéramos conectad@s a nosotr@s mismos, a nuestra sabiduría interna, sabríamos y podríamos decir naturalmente lo que sentimos o podríamos distinguir aún desde niños que lo que nos está pasando no es lo mejor para nosotros. Pero la verdad es que casi ningún niñ@ nos mantuvimos así. La gran mayoría elegimos ponernos un tipo de careta o disfraz que en la Biografía Humana llamamos Personaje y que cumple una excelente función ya que nos protege de alguna manera del dolor que vivimos.

Siempre siempre siempre lo hacemos para no sufrir.

Es comprensible que al inicio de la indagación con la Biografía Humana no nos sea fácil acercarnos a nuestros recuerdos dolorosos. Muchos llegamos a terapia con un montón de problemas y cosas por resolver en nuestra actualidad pero si se nos cuestionan nuestra infancia o la figura de nuestra madre respondemos «en mi infancia todo fue muy lindo», «mi madre fue maravillosa». Y bueno… es verdad que nuestras madres hicieron lo mejor que pudieron. Y también es verdad que nuestra infancia es todo nuestro mundo cuando somos niños por eso nos parece la mejor. Además, si le agregamos que en muchas historias no hubo gran violencia activa ni maltrato verbal, uf… más difícil que algunos aceptemos que no fue tan lindo ni tan maravilloso como lo recordamos. Bueno, pues iremos nombrando.

Luego está el inconveniente de que para protegernos, la mayoría de los recuerdos dolorosos no los recordamos… y sobre todo porque lo que no fue nombrado por nuestra madre o las personas que nos cuidaban, no es recordado. O lo que es igual, para que podamos recordar algo, alguien tuvo que nombrarlo.

Por ejemplo, si una de mis consultantes me comenta que en su infancia frecuentemente era la última niña que se quedaba afuera de la escuela o del colegio esperando a mamá para que pasara por ella, como terapeuta pondremos una etiqueta de «Descuido» de parte de mamá. Nuestra consultante podrá decir «bueno, es que mamá trabajaba mucho y estaba muy ocupada». Ok. Eso lo puede decir hoy de adulta; seguramente es verdad que mamá trabajaba mucho pero lo que necesitamos que salga y comprenda nuestra consultante es la angustia que sintió siendo niña, la tristeza, el susto pensando que tal vez sería abandonada. Seguramente a esta niña realmente le dolía mucho quedarse al final y se sentía abandonada. Un niño no tiene la madurez emocional para saber qué pasa, simplemente siente miedo o tristeza. Si nuestra consultante realmente se compadece, tal vez llora lo que no lloró en aquel momento o no lo reprime como en aquel entonces… se vive un momento mágico. En ese momento el Personaje se hace a un lado y genuinamente el ser esencial de esta consultante hace una conexión consigo, de verdad, lo cual es sanador.

Algo que salvaría a esta niña de nuestro ejemplo sería que cuando mamá llegara porque se le hizo tarde le pusiera palabras al evento ocurrido y le explicara a su hija lo que la hizo llegar tarde pero sobre todo le nombrara a la niña lo que la niña sintió. Poner palabras es muy importante. Una forma podría ser: «comprendo que sintieras miedo», «yo fui descuidada y no pude llegar antes», «lamento si te sentiste abandonada»»tengo muchos problemas que no sé cómo resolver y me olvidé de pasar por ti», etc.

Esas palabras le darían orden interno a la niña y a cualquier niño porque podría comprender lo que siente y sobre todo porque coincidiría eso que siente con lo que mamá nombra. Es un orden emocional que nos da estructura emocional, que nos va formando, que forma parte de nuestra seguridad interna y nos acompañará por siempre en nuestras vidas.

Si no hay palabras, no podemos ordenarnos internamente. De allí, su gran importancia.

Espero haberles transmitido la importancia de nombrar lo que sucede, lo que sentimos. A nosotros, a nuestras parejas, a nuestros hijos. Poner palabras que nombren la VERDAD es importantísimo. La verdad, no hay más. Podemos iniciar hoy a practicarlo aunque no estemos acostumbrados. Aunque nos de miedo. Aún con miedo. Empezar con nosotr@s y decirnos lo que en realidad está pasando, lo que en realidad estamos sintiendo.

Un abrazo!

Adri Solís

Biografía Humana & Health Coach

 

 

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